Esto cada vez se parece más a Trapeze… y eso me gusta. Me explico antes de que huyais despavoridos Lo que me recuerda tanto a Trapeze de Yojo-han es el hecho de que, aunque a primera vista parezca que los capítulos no tienen ninguna relación entre sí, poco a poco y mientras va avanzando la serie vamos viendo pequeños detalles que estaban/estarán en anteriores/siguientes capítulos y que hacen ver que todo está relacionado entre sí de alguna manera. Y es en este último capítulo, Softball Circle Honwaka, en el que más patente se hace esto.
Antes de nada expliquemos un poco de qué va la serie exactamente para los que no se hayan puesto con ella todavía, ahora que llevamos unos cuantos capítulos y empieza a quedar claro qué es esto de Yojo-han Shinwa Taikei: La serie sigue un esquema a lo Endless Eight (como bien previó Nosgo en la primera review) en el que el protagonista repite sus últimos dos años de vida, desde que empezó la universidad hasta la actualidad, con la diferencia de que en cada capítulo se apunta a un club distinto. Aunque muchas cosas varían de capítulo a capítulo, el objetivo del protagonista siempre es el mismo: echarse novia para poder disfrutar a tope de la vida en el campus.
He de reconocer que cuando terminé de ver el segundo episodio dí por hecho que si la serie siguiera con la fórmula de “un club por capítulo” hasta el final acabaría siendo un instant FAIL sin ninguna duda, pero después de ver los últimos capítulos está claro que me equivocaba. Y es que a pesar de tener un espacio tan (relativamente) pequeño por el que moverse, la serie siempre consigue sorprendernos cada semana, lo cual es bastante meritorio. Y es que Yojo-han nunca deja de entretener con su peculiar sentido del humor, esos guiños a anteriores capítulos en forma de pequeños detalles o de frases sin aparente relevancia y las continuas referencias de todo tipo (desde Shakespeare o Julio Verne hasta la mitología griega o el cine francés de mediados del siglo pasado), siendo imposible distraerse o llegar a aburrirse un solo segundo. Cabe destacar también lo curioso que resulta ver los distintos grados de confianza que tiene el protagonista con el resto de personajes y cómo se comportan estos dependiendo del episodio, lo cual ayuda a conocerlos mucho mejor que cuando la historia está narrada de manera convencional.
Como ya se sospechaba con el primer capítulo e incluso desde antes de que se estrenara, Yojo-han Shinwa Taikei es una de las mejores propuestas de esta primavera, manteniendo el nivel desde el principio e incluso llegando a superarlo en algunos momentos.
 
Si tuviera que destacar algo de lo que llevamos de serie sin duda sería la canción de las figuras geométricas de Higuchi. Nunca antes una canción con una letra tan tonta había sonado tan melancólica, nostálgica y distante.
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Yojouhan Shinwa Taikei es una serie en apariencia simple pero que esconde en su interior un preciso y complejo mecanismo; aquél que, con sus movimientos invisibles, orquesta una exquisita opereta en la que el actor principal –la inconfundible presencia de nuestro narrador Watashi– lucha constantemente por escapar del funesto destino al que le arrojan sin piedad unos engranajes que no se moverían de no ser por sus desesperados intentos de salvación. Esta metáfora del mecanismo deja de resultar forzada cuando observamos el gigantesco reloj de la torre que cierra cada episodio, mostrando siempre ese IV invertido cargado de simbolismo en el que se detiene la imagen unos instantes antes de empezar a pasar a cámara rápida la vida del protagonista, incapaz de escapar de esa pequeña habitación de cuatro tatamis y medio que simboliza sus años de pobre estudiante universitario.
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El reloj no sólo funciona como elemento de cierre, sino también como mecanismo de apertura de todo lo que ocurre en el interior de Yojouhan. El comienzo narrativo lineal de cada uno de los episodios tiene lugar delante del reloj, con un Watashi lanzándose de cabeza hacia la feliz vida de color de rosa que le ofrece el campus; como espectadores nada sabemos de Watashi antes de ese momento, así como tampoco se nos facilita información alguna de lo que ocurre después del final de cada una de las historias. Toda la acción transcurre en un espacio cronológico bien delimitado que se repite, pero no al estilo de una recursividad infinita a lo Endless Eight sino, más bien, como la relectura de un buen libro que arroja conclusiones e impresiones nuevas cada vez que abres de nuevo sus páginas.
Al contrario de lo que ocurre en Haruhi, donde la repetición se presenta con el matiz negativo del círculo vicioso e improductivo tan común en la estructura lógica de las culturas occidentales, en Yojouhan podemos observar un tratamiento mucho más cercano a la creencia tradicional de las culturas orientales –entre otras– de que la circularidad es una fuente valiosa de aprendizajes. Y no sólo eso, se acerca de manera mucho más evidente a la modalidad narrativa de las historias populares o mitológicas, con cada episodio dejando una fuerte impresión de ser un cuento antiguo que se ha contado mil veces de formas totalmente distintas.
Otro aspecto que refuerza esta lectura –además de una traducción literal de Shinwa (神話) por mitología o mito en el título de la serie– es la inclusión como elemento, engranaje o personaje fundamental de toda historia a Ozu, caracterizado frecuentemente por el propio Watashi como el Youkai, el Akuma o el Oni que le impide tener una vida de éxito y de felicidad, como corresponde a esos brillantes días de Abril donde la vida universitaria se presenta como llena de oportunidades para unirse a un círculo con el que poder llegar a ser parte de esa tan anhelada sociedad, llave del éxito económico, personal y sentimental en la cultura japonesa. Como ocurre con tantos otros estudiantes en Japón, Watashi –presumiblemente– ha sacrificado mucho de su vida de adolescente en aras de lograr el acceso a alguna prestigiosa universidad de Kioto, percibiendo como un derecho de su posición adquirida el tener un buen trabajo, conseguir un grupo de amigos y, por encima de todo, encontrar a su media naranja.
No obstante, nuestro protagonista es un extraño, un bicho raro que lucha por unirse a un mundo al que no pertenece –mirad el capítulo cinco para profundizar en este aspecto de manera magistral–, por lo que no es de extrañar que finalmente acabe dando lugar, de una manera u otra, pero siempre con los inestimables empujones de Ozu, a una situación desastrosa, como la expulsión de un club, estar cerca de la muerte o llegar a un punto que el mismo Watashi ve como de completo derroche de todas las oportunidades que se le han presentado. A la mezcla que este carismático dúo nos ofrece debemos añadir a Akashi, chica íntegra e inteligente que demuestra un especial interés por el protagonista, pues nos proporciona un buen contrapunto respecto del pequeño demonio, ya que acepta lo que quiera que haga Watashi con la condición de que sus esfuerzos sean nobles y genuinos; no como Ozu, que logra convertir este tipo de esfuerzos en todo lo contrario.
Encerrados en una ficción de estas características es inevitable que uno se pregunte por el posible desenlace de la misma, la ruptura del círculo que llevará a la serie a una conclusión determinada que dote de sentido a todos los episodios vistos. Como se ha sugerido anteriormente, es posible que éste no sea el objetivo de este trabajo sino, quizás, la presentación de una serie de historias que nos permitan reflexionar sobre un aspecto concreto de la vida en Japón. Para reforzar esta lectura, podemos ver a la serie de personajes fuera del trío principal, sus manías, costumbres y objetos comunes como símbolos que varían su función y posición atendiendo a la perspectiva adoptada a la hora de narrar la historia; como cuando al mirar por un caleidoscopio se modifica nuestra percepción de los cristales que lo componen. Esto explicaría la variación de temática de los últimos episodios de la serie respecto de los tres primeros, así como la importancia variable que se le da a cada uno de los personajes en cada uno de ellos –incluso llegando a convertir a mi querida Akashi en una mera anécdota en los dos últimos–, mientras los guiños a la cultura popular y las críticas constantes permanecen.
Sin embargo, es innegable que Watashi se ha dado cuenta del círculo en el que está atrapado y que existen elementos que pueden llegar a ser los causantes del mismo –siempre se suele pensar en la adivina, en Ozu o en el Mochiguman–, por lo que, a estas alturas, poco podemos hacer salvo especular acerca de la dirección que tomará la serie. Esta sensación de incertidumbre y de no centrarse en una narrativa concreta puede resultar algo insatisfactoria para muchos espectadores, aunque creo que para disfrutar de la serie uno debe intentar aproximarse con la mente abierta a todas las consideraciones de las que hemos aquí hablado para poder captar aunque sea una parte del intrincado mosaico que se forma semana tras semana.
Yojouhan Shinwa Taikei es, consideraciones especulativas o de trama aparte, una delicia para los sentidos desde su apertura con esos geniales diseños de personajes hasta sus abstractos créditos finales –de los mejores que he visto en mucho tiempo–, pasando por todos los detalles de escenarios, iluminación y estilo compositivo que tanto me recuerda a Sayonara Zetsubou Sensei. Serie única donde las haya, aunque el problema de no conocer todavía bien su dirección puede hacernos errar en su calificación, sobre todo teniendo en cuenta que quedan bastantes episodios aún por emitirse. De todas formas, confío en que la serie continúe demostrando la misma calidad que hasta ahora y estoy de verdad impaciente por ver qué perspectivas adicionales de este universo son capaces de mostrarnos los de Madhouse antes del final.
 
Es, sin duda, la mejor serie de la temporada con diferencia y si no le pongo la calificación de EX+ es porque la serie aún no ha terminado (ni hemos hecho la review del episodio seis). Creo que Baldus está de acuerdo conmigo, así que esperad a partir de ahora un análisis semanal de todos los episodios que quedan.
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